Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Pues siendo así, no ignoraréis que vino por encargo especial de la reina nuestra señora, para que se la pusiera reclusa en un convento de monjas. Después Su Majestad el rey, ordenó que saliese de la reclusión y viviese siempre en México y de las cajas reales se le ministren recursos suficientes; pero hay dos damas especialmente recomendadas por el rey, y a las cuales tengo de cuidar y vigilar, avisando a Su Majestad de cuanto hagan; es una, doña Laura, y la otra, doña Inés de Medina; ved por qué este asunto es tan grave para mí, porque tendría yo que avisar a S. M. que doña Laura había sido robada, y esto cedería en mengua, del buen nombre de mi administración. ¿Queréis ayudarme a buscar a esa dama?

—No deseo, señor, otra cosa.

—¿Y por dónde creéis que debemos comenzar?

Don Lope reflexionó; al principio nada le ocurría, perdido en un laberinto de conjeturas no encontraba en qué fijarse; pero de repente sintió que una luz repentina le iluminaba; recordó la conversación que don Antonio de Benavides había tenido con doña Laura delante de él, recordó que doña Inés era enemiga de doña Laura, pensó que doña Inés era capaz de todo y que era la única persona capaz de atentar contra ella.

—Me ocurre una idea, señor —exclamó.

—Decid.


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