Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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XXI

De cómo el Señorito probó que era hombre que sabía cumplir sus promesas

Doña Inés de Medina se retiró a su aposento dejando cerrada la bodega en que tenía a doña Laura.

Pero llevaba en la mano la profunda mordedura de la emparedada, y esto era verdaderamente una enfermedad que nada tenía de ligera; al día siguiente tuvo calentura y la fue necesario ocurrir a un médico.

Doña Inés dijo que un perro la había mordido, y así pasó; el médico ordenó algunos remedios, y la vigorosa naturaleza de la joven hizo lo demás.

Como en aquellos tiempos la medicina no estaba tan adelantada, las amputaciones eran menos frecuentes, y doña Inés salvó la integridad de su persona merced a eso.

Doña Inés hizo llamar a Luis, el criado que la acompañaba a todas sus expediciones, y se encerró con él el día que sucedió a los acontecimientos referidos en el capítulo anterior.

—Luis —le dijo— es preciso que te encargues de llevar la comida a esa mujer todos los días.

—¿Y qué ordena su merced que la lleve?

—Agua y pan: con eso tiene para vivir.

—¿Cuántas veces al día?

—Tres: en la madrugada, al medio día y en la noche, procurando que nadie observe nada.

—No tenga cuidado su merced.


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