Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —¿Y ese hombre que te acompañó…?
—Es seguro, es un conocido mÃo.
—¿Nada dirá?
—Estoy seguro de él.
—Sin embargo, serÃa mejor…
Doña Inés pasó significativamente su mano abierta por delante de su cuello.
—Si su merced quiere… —contestó Luis.
—Depende de que tú puedas.
—Fácil es.
—Pues por mi cuenta.
Doña Inés abrió una gaveta y sacó un puñado de monedas de oro que entregó a Luis.
—Será su merced muy bien servida.
—SÃ, Luis, los muertos no hablan, y a mà y a ti nos conviene que ese hombre calle para siempre; vete y procura que todo se haga cuanto antes.
Luis se retiró haciendo una reverencia.
—En cuanto a don Guillén —pensó doña Inés— nada dirá porque también es cómplice; pero es para mà más conveniente tenerle seguro; esta noche le obligaré; o se casa conmigo, o muere; un marido sabe guardar el secreto de su mujer, un muerto el secreto de todos.
Aquella tarde don Guillén entró a la casa de Tlaltelolco; los hombres de la gavilla le esperaban.