Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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A las doce de la noche llegó como de costumbre el Señorito en la pequeña chalupa, pero al salir de ella dijo al remero:

—Regresa, porque ya no te necesito.

El remero, contento de evitarse una mala noche, se retiró.

El Señorito llamó con precaución, y le abrieron inmediatamente.

—Buenas noches, linda moza —dijo a Marta, que era la que le esperaba— ¿no hay novedad por aquí?

—No, señor.

—Cierra y vamos.

—La Apipizca cerró y comenzó a guiar a don Guillén, que procuraba no hacer ruido con sus pisadas.

Llegaron hasta la cámara de doña Inés, y la Apipizca llamó.

—Adentro —dijo doña Inés.

La Apipizca entró.

—Aquí está —dijo en voz baja.

—Que pase, y retírate.

Don Guillén entró, cerrando tras sí la puerta, y la Apipizca volvió a bajar.

—Cierra con la llave, amor mío —dijo doña Inés.

El Señorito dio dos vueltas a la llave y se acercó a doña Inés.


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