Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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La dama estaba recostada en una soberbia cama de ébano, cubierta con colgaduras de seda rojas y blancas.

Doña Inés había estudiado para recibir a su amante la actitud más seductora, y su traje de enferma dejaba adivinar con facilidad sus formas mórbidas. Doña Inés estaba verdaderamente encantadora.

—Ven, mi bien —dijo— siéntate a mi lado.

—¡Inés, cuán feliz me haces —contestó el Señorito— permitiéndome entrar hasta tu cámara!

—¿Qué hay en eso de particular? ¿No debes ser mi esposo?

—¡Tu esposo, Inés, tu esposo! Te atreverías a casarte conmigo; tú tan noble y tan rica.

—¿Por qué no, Guillén? y seremos muy felices. Mira, bien mío, yo soy muy rica porque soy la única heredera de mi padre, y mi padre puede morir pronto; no soy vieja, en cuanto a hermosura…

—Eres un ángel —exclamó con exaltación don Guillén.

—Pues si quieres, Guillén, en esta semana misma seré tuya.

—Sí, Inés, serás mía.

Don Guillén comprendió en el momento que este matrimonio sería su felicidad, pero repentinamente le ocurrió la idea de los hombres que debían robar al marqués aquella misma noche.


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