Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Aquel robo iba a ser a él, porque aquellas riquezas debían ser suyas, y no había ya modo de impedirlo; quizá estaban ya dentro de la casa, quizá en aquel momento comenzaban a efectuar su obra.
El Señorito sintió un vértigo.
¿Qué aconteció en la casa del marqués de Río Florido?
La Apipizca dejó apenas al Señorito en la cámara de doña Inés, y volvió luego a la puerta que caía para el canal.
Poco tiempo tuvo que esperar, porque se escucharon tres golpecitos dados con precaución por la parte de afuera: debía ser el Camaleón.
—¿Quién va? —dijo Marta.
—Yo —contestó una voz.
—¿Qué se ofrece?
—Al agua —contestó la voz.
—¿Sois vosotros?
—Sí —contestaron los de afuera.
La Apipizca se apresuró a abrir y entraron el Camaleón y otros tres de sus compañeros; el quinto quedó a la orilla de la acequia cuidando la canoa que les había conducido.
Marta volvió a cerrar; pero se podía haber advertido que no corrió el pasador; ni el Camaleón ni sus compañeros pararon en esto la atención.