Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —¿Ha llegado ya, por supuesto, el Señorito? —preguntó el Camaleón.
—Está en el aposento de doña Inés —contestó la Apipizca— no perdamos tiempo.
—GuÃanos allá.
—No, primero sigan sus instrucciones; asegurad vosotros a los criados y al marqués.
—¿Pero no estás de acuerdo en que es bueno despachar antes al Señorito? Asà está arreglado.
—Despachadle vosotros después, pero antes no, porque serÃa fácil que despertaran los criados… al fin, que él está seguro…
—Dices bien; vamos a lo demás.
Los cuatro bandidos, siguiendo a Marta, fueron recorriendo la casa y atando a cuantos sirvientes y esclavos encontraban.
Nadie hizo resistencia, porque todos estaban perfectamente dormidos.
—¿Y los porteros? —dijo el Camaleón.
—Creo que no es necesario perder en eso el tiempo —contestó la Apipizca— están lejos de aquà y aun cuando hubiera algún rumor, no lo percibirÃan… vamos al aposento del marqués.
—Bien, bien: vamos.