Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Don Manuel de Medina dormía profundamente con esa tranquilidad del que no ha pensado en ningún peligro al acostarse; la puerta de su aposento estaba solamente entornada.
—Allí —dijo la Apipizca mostrando aquella puerta.
El Camaleón, como todos sus compañeros, andaba descalzo para no hacer ruido, se adelantó cuidadosamente y aplicó el oído a la puerta durante largo rato. Dentro de aquella pieza no se escuchaba más que la acompasada respiración de un hombre que dormía.
El Camaleón empujó aquella puerta con mucha precaución y metió la cabeza.
Nada indicó que el marqués hubiera despertado: su sueño era profundo.
El Camaleón hizo una seña a sus compañeros para que se acercasen, y entró caminando sobre las puntas de los pies hasta llegar cerca del lecho del marqués; los otros estuvieron a poco a su lado, rodeando el lecho con los puñales en las manos; la Apipizca había quedado en la puerta procurando ocultarse.
La estancia estaba débilmente iluminada por un pequeño candil de aceite que ardía sobre una mesita delante de un crucifijo.