Las dos emparedadas
Las dos emparedadas El marqués despertó al sentir las miradas de los bandidos fijas en su rostro y abrió los ojos espantado, porque es un fenómeno que los sabios explican con el magnetismo, ese que se verifica tan continuamente, que basta fijar la vista en un hombre dormido para que éste se despierte luego, aunque no le haya abandonado el sueño antes por algún ruido.
Y siempre el que así despierta abre los ojos buscando instintivamente la mirada que le ha vuelto en sí.
—¡Silencio o sois muerto! —exclamó el Camaleón a media voz y levantando el puñal.
El marqués hizo un movimiento como retirándose del Camaleón, y el Pinacate, que estaba del otro lado del lecho, le dijo también a media voz:
—No hay que moverse.
El marqués miró con angustia aquellos cuatro puñales levantados contra él, y aquellos rostros espantosos y aquellos ojos amenazadores; su frente se inundó en sudor y comenzó a temblar.
—¿A dónde están las llaves? —dijo el Camaleón.
—¿Qué llaves, señor? —contestó con voz suplicante el marqués.
—Las llaves de las cajas en donde está el dinero, las alhajas; pronto.
—Pero, señores, por Dios, no tengo nada.
—¿Cómo nada? Las llaves…