Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—¡Señores!

—¡Las llaves! —repitió con una calma infernal el Pinacate, clavando ligeramente la punta de su puñal en uno de los brazos del marqués.

—¡Jesús me ampare! —exclamó éste.

—¡Sin gritar, o sois muerto! —agregó el Camaleón picándole con su daga el otro brazo.

El marqués calló, porque el temblor convulsivo de su cuerpo era espantoso.

—¡Las llaves! —dijo el Pinacate volviendo a picarle más profundamente con el puñal.

—¡Las llaves! —repitió el Camaleón haciendo lo mismo.

El marqués llevó la vista hacia donde había sentido aquellos golpes; su sangre manchaba ya el blanco lienzo de las sábanas.

El miedo del marqués se convirtió en terror espantoso.

—Señores, no me maten, no me maten, que estoy en pecado mortal.

—Pues las llaves —dijo picándole el Camaleón.

—¡Jesús! ¡Jesús! señores, ahí están las llaves en esa gaveta.

El Camaleón se dirigió a la gaveta.

—Está cerrada —exclamó.


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