Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Rompedla, señor, porque no sé dónde está esa llave —dijo con angustia el marqués.

El Camaleón introdujo en la cerradura la punta de su daga y la hizo saltar: adentro había algunas piezas de oro, que el Camaleón se embolsó precipitadamente, y un manojo de llaves.

El marqués se había incorporado en su lecho y seguía todos los movimientos del ladrón con ojos inquietos.

—Bueno, aquí están las llaves —dijo el Camaleón— ahora el Pinacate se queda aquí haciéndole la corte al señor marqués; entendido, señor marqués, que a la menor palabra, al menor movimiento que haga, se os degüella como un borrego.

El marqués dio un salto de espanto.

El Camaleón y sus dos cómplices comenzaron a registrar todas las cajas y las gavetas; formando con el despojo cuatro partes de las cuales a cada uno de ellos les tocaba cargar una.

Aquello duró cerca de media hora.

—Ya no hay más —dijo el Camaleón— vámonos.

—Pero es preciso dejar asegurado al señor marqués —replicó el Pinacate.

El marqués le miró con ojos como de loco.

—Dices bien —contestó el Camaleón— a la obra.


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