Las dos emparedadas

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Y los dos se lanzaron rápidamente sobre el infeliz marqués y le ataron en un momento con las sábanas de su lecho y le pusieron de mordaza un gran pañuelo.

—Cada uno tome su carga —dijo el Camaleón.

Los cuatro bandidos levantaron el botín y volvieron a salir conducidos por la Apipizca.

—Ahora es necesario arreglarnos con el Señorito —dijo el Camaleón— porque no es bueno tener nada pendiente: llévanos allá, Apipizca.

—Vamos —contestó Marta, y comenzó a caminar por delante, pero en cierto lugar fingió tropezarse con una mesa, y la derribó.

—Cuidado —exclamó el Camaleón— no hagas ruido.

—¡Qué importa! —contestó la Apipizca— todos están ya asegurados.

—Tienes razón.

—Aquí —dijo Marta, deteniéndose delante de una puerta.

El Camaleón empujó, pero estaba cerrado.

—Está cerrado —dijo el Camaleón— ¿sospechará algo acaso?

—Fuerza es que se encierre, que está con la dama —contestó con una sonrisa maliciosa la joven.

—Entonces echaremos abajo la puerta.

—¿No ves que el ruido puede llamar la atención? —objetó Marta.


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