Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Qué importa —contestó el Camaleón— tú misma dices que todos están asegurados.

—Pero…

—Calla. Amigos, es preciso romper esta puerta, y cumplir lo prometido; ¿estáis conformes?

—Sí —dijeron los otros a media voz.

El Camaleón, ayudado del Pinacate, comenzó entonces a forzar la cerradura.

Don Guillén, en medio de su amoroso coloquio con doña Inés, había escuchado el ruido que hizo Marta para prevenirle.

—Alguien viene —dijo don Guillén.

—Creo que no —contestó la dama.

—Será tu padre.

—No es posible.

En este momento empujaron la puerta, y se oyó la voz de un hombre que hablaba.

—Es tu padre, el marqués —dijo don Guillén.

—Pues huye, sal por esa puerta, y retírate: mañana con Marta te mandaré a decir lo que haya, pero importa que no te encuentre en mi cámara.

Don Guillén, que no deseaba sino salir, tomó su sombrero y se retiró precipitadamente por la otra puerta.


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