Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Sus compañeros le imitaron y se trabó dentro de la estancia un combate encarnizado en el que los de la banda del marqués llevaban la peor parte, porque todos los ladrones se defendían y atacaban con desesperación: los muebles rodaban, y una después de otra se apagaron las luces que llevaban los del marqués, y la lucha continuó en la oscuridad, en medio de un silencio que no turbaba más que la jadeante respiración de los combatientes y el ruido sordo y siniestro de algunos golpes.
El Camaleón había perdido a dos de sus compañeros que yacían muertos; y él con el Pinacate se habían replegado a uno de los ángulos de la habitación.
Pero casualmente era allí adonde estaba la puerta por donde había escapado el Señorito.
El Camaleón sintió que había una puerta, probó a abrirla; la puerta cedió sin ruido, y atrayendo en pos de sí al Pinacate, saltó por allí volviendo a cerrar mientras el marqués de Río Florido gritaba:
—Traigan luces, traigan luces.
El Camaleón y su compañero no conocían la salida, y siguieron adelante hasta encontrar una ventana que no tenía reja.
El Camaleón se asomó por allí. Daba a un terreno eriazo: la altura era considerable, pero el peligro que les seguía estaba próximo. El Camaleón subió a la ventana y se dejó caer del otro lado; el Pinacate le siguió.