Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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XXII

En el que se sigue tratando la misma materia que en el anterior

En el mismo momento en que doña Inés espantada con la presencia de los bandidos lanzó un grito y cayó desmayada, en la puerta de la estancia se escuchó otro grito semejante.

Era la Apipizca que arrojó el candil con que había alumbrado al Camaleón y a sus compañeros, y que desapareció rápidamente.

Unos hombres armados, a la cabeza de los cuales apareció el viejo marqués de Río Florido, se presentaron en la puerta de la estancia de doña Inés.

Los bandidos no pensaron en el primer momento sino en huir, pero aquellos hombres habían cortado la única salida que ellos conocían, y no les quedaba más recurso que defenderse y abrirse paso con el puñal.

Antes que a todos le ocurrió al Camaleón tomar la iniciativa en la lucha y se lanzó sobre el grupo que acompañaba al marqués.


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