Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —SÃ, señor —contestó engañado don Lope— por allà fue asesinado el marqués y sin duda al conducir el cadáver su sangre manchó la tierra.
—Puede ser —dijo el alcalde.
Y continuó en sus pesquisas.
Pero nada se pudo descubrir, ni tampoco don Lope advirtió nada que le indicase algo de la suerte de doña Laura, y él mismo comenzaba ya a dudar de que realmente doña Inés tuviera parte en su desaparición.
La justicia habÃa tenido el suficiente talento para poner presos a todos los criados de la casa, y no hacerse acompañar en sus pesquisas más que por don Lope y los que le acompañaban; por eso no hubo ni quien indicase la existencia de la bodega en que estaba doña Laura.
El alcalde escribió mucho, hizo firmar con él a todos los que sabÃan escribir, y ordenó al escribano que pusiese la señal de la cruz por los que no sabÃan, y ya en la mañana salió de la casa en medio de un numeroso gentÃo que llenaba la calle seguido de sus corchetes, y llevando como trofeos cinco cadáveres tendidos en escaleras, que los alguaciles se habÃan proporcionado en la vecindad.
El cadáver del marqués quedó en la casa, y doña Inés dispuso inmediatamente todo lo necesario para el entierro.