Las dos emparedadas
Las dos emparedadas En aquella casa nada indicaba ya en las primeras horas de la mañana los horribles sucesos que habían tenido lugar allí: doña Inés estaba tranquila, y los criados limpiaban la sangre y arreglaban las habitaciones.
Sólo en la calle algunos grupos de curiosos parados delante de la casa contaban maravillas y pretendían adivinar lo que pasaba en el interior.
La Apipizca se atrevió a hablar a doña Inés de don Guillén.
—Es un cobarde —contestó la dama con indignación— huyó abandonándome en el peligro.
—Quién sabe, señora —dijo Marta.
—Sólo que le viera yo herido creería que habría hecho algo.
—¿Y si vuelve?
—Le oiré para condenarle a mi desprecio, o para volverle mi amor.
Cuando don Lope vio salir a la justicia, se dirigió a hablar con doña Inés; el joven creía ya haber cumplido con aquella dama, y necesitaba dar cuenta de todo al virrey, y de dirigirse a buscar a doña Laura.
—Señora —dijo a doña Inés— si vuestra merced me lo permite, y no necesita de mi servicio, me retiro ofreciéndola siempre que si en algo fuere útil puede disponer de mi persona.