Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Don Lope —contestó doña Inés— agradezco y admito el ofrecimiento; he quedado sola en el mundo; quizá necesite de un apoyo y le buscaré siempre en vuestra merced.
—Será una dicha para mà que vuestra merced, señora, me ocupe.
Don Lope hizo aún algunos cumplimientos a doña Inés, y se retiró, casi arrepentido de haber abrigado sospechas contra una mujer tan hermosa, tan amable, tan discreta, y sobre todo, que en aquellos momentos era tan desgraciada.
Pero apenas salió don Lope a la calle, sus penas adormecidas por acontecimientos tan extraordinarios volvieron a oprimir su corazón; el recuerdo de doña Laura volvió a alzarse más vivo y no pensó sino en combatirle.
Antes que todo se dirigió a contar al virrey lo que habÃa presenciado y a pedirle consejo para buscar a la dama.