Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Caballero, sois muy injusto en pensar que todas esas bellezas tienen de mármol el corazón.
—No, señora, de mármol no precisamente, pero para mÃ, señora, como si le tuvieran, que estoy seguro que una sola de ellas no ha pensado nunca en este pobre hidalgo de Ronda.
—Tal vez os engañáis, don Fernando Valenzuela.
—¿Lo creéis asÃ, señora? —dijo con viveza Valenzuela.
—Estoy segura —contestó Inés encendida.
Valenzuela encontró a aquella mujer encantadora, y conoció que aquel momento debÃa aprovecharse.
—Señora —dijo— si ese corazón que ha latido por mà es el de una mujer por quien en secreto he penado, me consideraré el más feliz de los nacidos.
—¿Y quién es esa mujer? —preguntó con cierta frialdad doña Inés.
—Señora, ni ella lo sabe, sólo Dios, y eso yo no se lo he contado, os lo juro.
—Entonces será indiscreción el insistir.
—Indiscreción fuera en otra persona, en voz pluguiera al cielo que lo fuese también.
—¿Qué queréis decir?
—Señora, que siendo vos la que yo más temo que descubra mi secreto, es sin duda al mismo tiempo la que más deseo que me lo arranque o que me lo adivine.