Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Valenzuela sabía que doña Eugenia no asistiría, y por conservar su papel de apasionado, procuró no bailar, y se retiró a una de las estancias más solas de la casa.
Doña Inés advirtió su ausencia del salón, lo buscó con la vista, y se levantó para recorrer los demás aposentos.
Don Fernando estaba pensativo, sentado en un sitial, cuando se le presentó doña Inés.
—Caballero Valenzuela —dijo la joven procurando, que la voz no vendiera la emoción de su pecho— estáis muy triste a lo que parece, y sentiría en el alma que esta fiesta dada por mi padre, pudiera haberos ocasionado algún disgusto.
—Dios no permita, señora —contestó Valenzuela— que vos lleguéis a creer semejante cosa; digno de monarcas está el sarao y con razón, que reina sois vos, señora, de la belleza y de la gracia.
—Galante sois, y sin embargo, huís la vista de tantas hermosas como se ostentan en el salón.
—Señora, perdonadme el atrevimiento, pero quizá más entristece, que alegra el alma, la vista de tantas hermosuras, cuando el corazón nos dice que no hay entre todas ellas, un corazón que responda a los latidos del nuestro; entonces, señora, se siente el tormento del ciego que pasea por medio de un jardín.