Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Los franceses amenazaban al Bravante, y la reina, por consejo del padre Nitardo, quiso enviarle refuerzos a aquella provincia, encargando de ellos al príncipe don Juan, que fue llamado a Madrid para recibir instrucciones.

La llegada del príncipe fue un gran acontecimiento para la corte; sus partidarios y sus enemigos procuraron esmerarse en las demostraciones de aprecio, y por tres días, la ciudad se puso de gala para recibir y cortejar al digno hijo de Felipe IV, al pacificador de Nápoles y de Cataluña, al generalísimo de los ejércitos españoles.

El marqués de Río Florido, obsequió al príncipe con un espléndido sarao: austriacas y nitardinas todas concurrieron, y la soberbia morada del rico mexicano era aquella noche el lugar de reunión de lo más florido de la nobleza de España.

Valenzuela llegó allí con don José de Mallades.

Doña Laura le esperaba, pero doña Eugenia no se presentó porque había quedado acompañando a la reina.

Doña Inés esperaba con ansia la llegada de Fernando, parecíale que el tiempo volaba y que él no se presentaría; por fin viole entrar y su corazón latió con violencia.

Aquella noche debía decidirse su felicidad.


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