Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Pero en los momentos en que don Fernando se presentó en la corte, doña Inés no tenÃa amante.
Valenzuela se dirigió inmediatamente a doña Eugenia y procuró que todos conociesen su inclinación —tales eran las prevenciones del padre Nitardo— y por otra parte doña Eugenia era hermosa y gozaba de un valimiento con Su Majestad, asà es que poco sacrificio fue para el joven aparentarle amor; doña Eugenia por su parte encontró a Valenzuela muy agradable y no le disgustó el papel que la hacÃan representar.
Doña Inés al conocer a Valenzuela sintió por él una inmensa simpatÃa, y dijo resueltamente en su interior:
—Este hombre me ha de amar.
Pero a pesar de esto, los dÃas pasaban y don Fernando no se fijaba en ella, y sus amores con doña Eugenia se iban haciendo cada vez más públicos.
Aquel desdén exaltaba el amor de doña Inés, y aquel amor se convirtió en una pasión terrible.
Buscaba las ocasiones de encontrarse con Valenzuela, de hablarle; pero estos encuentros y estas conversaciones se hacÃan muy difÃciles, y doña Inés no pudo ya contenerse, y determinó aprovechar la primera ocasión para explorar el corazón de don Fernando, y se le presentó.