Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Colgar a un hombre o a una mujer en la garrucha, tenderlos en un potro, llenarlos de agua como si fueran un tonel vacío, calzarles el infernal borceguí de hierro que se estrechaba triturando los huesos y haciendo del pie una masa informe y asquerosa, atarles una contra otra las piernas entre dos planchas, y luego hincar con un mazo una cuña de acero entre las dos rodillas haciendo estallar los huesos como si fueran de cristal, arrancarles las uñas, ¿eran éstos procedimientos que podían esperarse entre los hombres?

Quizá haya quien crea de buena fe que la civilización y el progreso no son sino vanas palabras, pero ese no necesitará sino leer los códigos de todas las naciones en la Edad Media y encontrará sembrados por todas partes cargos de bárbara ferocidad y de estudiada tiranía.

Las cuestiones de tormento se tratan por los autores de aquellos tiempos con tanta sangre fría como pudiera hoy una cuestión literaria, y lo que hoy no se oye contar sin estremecerse, entonces se escuchaba como cosa de poca importancia.

Era un procedimiento aquel, estaba en los códigos y en los autores.

Pero es necesario estudiar esa legislación olvidada; es necesario conocerla, porque aún hay quienes prediquen «los buenos tiempos de antes»; aún hay quien suspire por la luz rojiza de aquellos días.


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