Las dos emparedadas

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En aquellos tiempos el tormento era una prueba usual en los tribunales civiles y ordinarios, y aquella resolución tomada con el Tapado, nada tenía que saliera del orden común.

El fuego, la garrucha y el potro, eran auxiliares de la justicia para ayudarla a obtener del reo una confesión.

En la Edad Media se inventaron torturas infernales que se aplicaban a los infelices que caían en poder de ese monstruo que se llamaba entonces la justicia.

Estos tormentos los conocían vagamente los que no habían vivido en las cárceles, pero los pintores de retablos los exponían al público atribuyendo a los ángeles rebeldes invenciones que eran propias de los que se aplicaban nombres sabios y honrados, y presentaban cuadros del infierno, en los que no hacían sino retratar lo que pasaba en las cárceles.

Atravesar la lengua del soldado blasfemo, como lo mandaba la ordenanza, con un hierro caliente, ¿podía ocurrírsele más que al demonio?

Consumir a fuego lento la mano del que atentaba a las personas reales, ¿podía practicarse sino en el infierno?


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