Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Hablad.

—¿Queréis que os diga la verdad? Vosotros habéis robado mis papeles para quitarme la defensa: queréis que mienta, y por eso me atormentáis; seguid, seguid, matadme; no mentiré, no denunciaré a nadie, no, mil veces no.

Entonces las cuatro ruedas giraron a un tiempo, y Benavides dio un grito ronco. Y sus ojos brillaron extraordinariamente por un instante y se apagaron luego.

—Hablad.

—No —gritó rabioso Benavides— no, infame no.

Volvieron a girar las ruedas y entonces Benavides, como un furioso, lanzó horrorosas injurias al oidor.

Y giraron las ruedas, y aquella exaltación cambió repentinamente en languidez, y Benavides quedó completamente desmayado.

La última vuelta de las ruedas no hizo ya estremecer aquel cuerpo maltratado.

Lo quitaron del potro y lo volvieron a su calabozo.

El infeliz tenía quebradas las dos piernas.

Los oidores conferenciaron entre sí: nada habían logrado obtener de Benavides, pero en cambio estaban ya seguros de que nada obtendrían en lo sucesivo.

Benavides había resistido el tormento con una fuerza de espíritu increíble.


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