Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —¿Aún no dices nada? —preguntó el oidor cuando lo vio volver en sÃ. Benavides lo miró con ira y calló.
—Pues callamos los dos —dijo don Frutos.
Y se puso tranquilamente a hojear un libro que llevaba bajo el brazo.
Entre tanto Benavides sufrÃa espantosamente.
Asà pasaron algunos minutos, que fueron siglos para la vÃctima.
—Al potro —dijo de repente el oidor.
Los verdugos aflojaron repentinamente las cuerdas, y Benavides cayó a tierra de golpe como un cuerpo muerto.
Tan espantoso era el tormento, que Benavides se sintió consolado al pensar que iba a variar de especie; serÃa terrible el que le esperaba, pero era diferente, y esto para él era descanso.
En un momento lo tendieron y lo ataron en el potro; cuerdas que ligándose al derredor de los muslos y de las pantorrillas se apretaban por medio de ruedas que hacÃan girar sucesiva o simultáneamente los verdugos, según querÃa el juez: éste era el tormento.
—Decid la verdad —dijo don Frutos.
Benavides calló, y una de las ruedas giró lentamente.
—Hablad —repitió el oidor, y Benavides calló, y giró la otra rueda.