Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Adónde están vuestros papeles y qué intenciones os guiaban a la Nueva España.

—Mis papeles vos sabréis de ellos, mis intenciones en ellos las leeréis, ya os lo he dicho.

Don Frutos hizo una señal; las garruchas crujieron, el cuerpo de Benavides se elevó un poco y volvió a descender, sin tocar a tierra, y resistiendo sobre los dedos pulgares que tenía atados al cordel todo el peso de su cuerpo.

—¡Jesús! —exclamó a media voz, y sus ojos se llenaron de lágrimas, y se mordió el labio inferior como para contener un grito.

—Decid lo que se os pregunta —dijo don Frutos.

Benavides calló y las garruchas volvieron a crujir; pero entonces Benavides estaba prevenido, y no se quejó siquiera; apretó convulsivamente los labios y los párpados, y se puso aún más pálido.

—¿Insistís en no decir nada?

Benavides calló también.

Entonces las garruchas crujieron de nuevo, pero Benavides se elevó más que las veces anteriores y el golpe del cuerpo fue más fuerte.

—¡Jesús me ampare! —gritó el infeliz, y quedó como desmayado; sin embargo, no le quitaron del tormento.


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