Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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El sufrimiento era espantoso; la lucha para llegar a poner en tierra los pies, hacía más agudos los dolores, y por una especie de fascinación casi siempre aquellos infelices sentían crecer sus brazos y pensaban alcanzar apoyo en el suelo y hacían otro esfuerzo, y era no más que un medio para sentir mayor martirio.

Aquellas cuerdas de donde pendía el reo pasaban por una garrucha a la que debía su nombre el infernal suplicio, y esa garrucha permitía levantar el cuerpo suspendido en la extremidad de las cuerdas, y se le daban de cuando en cuando ligeras sacudidas, levantándolo un poco y volviéndolo a dejar caer de golpe, a fin de que sus manos y sus brazos sufrieran aquel rudo sacudimiento.

Benavides fue suspendido en la garrucha, y se comenzó con él a ejecutar toda aquella horrorosa maniobra.

Don Antonio estaba densamente pálido, un sudor copioso bañaba su frente, en la que se pegaban algunos mechones de cabellos. No había proferido una sola queja, y sólo de cuando en cuando dejaba escapar una especie de ronquido apenas perceptible.

Don Frutos presenciaba la ejecución.

—Decid la verdad, si no queréis que siga el tormento —decía éste— o a vuestro cargo será si quedáis lisiado gravemente.

—¿Qué queréis que diga? —contestó con voz ronca don Antonio.


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