Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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XXV

De lo que don Guillén habló con doña Inés, y de lo que había pasado con doña Laura

Marta quedó exenta de toda sospecha, y continuó gozando de la confianza de doña Inés.

Al siguiente día de la muerte del marqués de Río Florido pidióla permiso para salir, con pretexto de ir a calmar a su familia, inquieta por lo que se contaba en México respecto a los acontecimientos de la noche anterior: concedióle doña Inés la licencia, y la Apipizca se fue directamente a la casa del Señorito.

—¿Qué hay por la casa? —preguntóle éste— ¿qué dice de mí doña Inés?

—Os culpa de haberla abandonado en el peligro.

—¿Y no más?

—Nada más.

—Entonces no hay cuidado; pero refiéreme, ¿cómo es que el marqués apareció por allí?

—A lo que he podido comprender, la desgracia hizo que gentes extrañas llegasen a la casa, no sé bien con qué objeto; y ya el marqués en libertad, se presentó en el momento en que nosotros penetrábamos a la estancia de doña Inés. ¿Sabes ya que dos de los nuestros murieron?

—He oído decir.

—El Camaleón y el Pinacate se salvaron.

—¿Por dónde?

—Lo ignoro yo misma.


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