Las dos emparedadas
Las dos emparedadas De lo que don Guillén habló con doña Inés, y de lo que habÃa pasado con doña Laura
Marta quedó exenta de toda sospecha, y continuó gozando de la confianza de doña Inés.
Al siguiente dÃa de la muerte del marqués de RÃo Florido pidióla permiso para salir, con pretexto de ir a calmar a su familia, inquieta por lo que se contaba en México respecto a los acontecimientos de la noche anterior: concedióle doña Inés la licencia, y la Apipizca se fue directamente a la casa del Señorito.
—¿Qué hay por la casa? —preguntóle éste— ¿qué dice de mà doña Inés?
—Os culpa de haberla abandonado en el peligro.
—¿Y no más?
—Nada más.
—Entonces no hay cuidado; pero refiéreme, ¿cómo es que el marqués apareció por all�
—A lo que he podido comprender, la desgracia hizo que gentes extrañas llegasen a la casa, no sé bien con qué objeto; y ya el marqués en libertad, se presentó en el momento en que nosotros penetrábamos a la estancia de doña Inés. ¿Sabes ya que dos de los nuestros murieron?
—He oÃdo decir.
—El Camaleón y el Pinacate se salvaron.
—¿Por dónde?
—Lo ignoro yo misma.