Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —¿Sabéis que el marqués murió sin saberse cómo?
—También lo sé.
—Pues eso es todo, y menos que eso sabe por supuesto la justicia.
—Por supuesto.
—¿Y la emparedada?
—¿La emparedada? ¿Cuál?
—Nada: fue una locura mÃa, estaba yo pensando en otra cosa vete, y esta noche iré a ver a doña Inés.
—Ya no por la puerta del canal.
—No hay ya necesidad de ello.
—¿Y qué hago ahora?
—Pues ya viste que el golpe se malogró; ahora sufre allà unos dÃas, y no tengas cuidado; tú serás rica.
—Dios lo haga: adiós.
La Apipizca salió ligera y volvió a la casa de doña Inés, procurando no dar a conocer en nada que habÃa visto al Señorito.
Todo el dÃa la dama preguntó a Marta, si no sabÃa algo de don Guillén.
—Nada señora —contestaba la Apipizca.
—Me habrá olvidado.
—Imposible, señora.