Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Mira Marta, anoche estaba yo incómoda con él, porque se había ido: ¡qué injusticia! yo misma se lo ordené. ¿Qué no volverá?

—Es seguro que vuelve.

—Pero tarda tanto…

Llegó la noche, y se redobló la impaciencia de doña Inés, que a nadie quiso recibir, y a cada momento preguntaba:

—Marta, ¿aún no viene?

—No señora —contestaba la Apipizca, segura de que no tardaría don Guillén.

Por fin, cerca ya de las nueve, la Apipizca anunció desde la puerta de la estancia:

—Señora, el señor don Guillén de Pereyra.

—Que pase —contestó inmediatamente doña Inés.

La Apipizca abrió la puerta y dejó pasar al Señorito, que entró precipitadamente.

—Doña Inés.

—Don Guillén —exclamaron los dos casi a un tiempo, y abrazándose estrechamente.

La Apipizca cerró discretamente su puerta.

—Doña Inés —dijo el Señorito—, cuán grande ha sido mi angustia, porque he sabido cosas que no me puedo explicar: ¿tú padre muerto?

—¡Muerto! —contestó doña Inés.


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