Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—¿Pero cómo ha sido esto? Al salir de tu estancia, he alcanzado a verle a la cabeza de algunos hombres armados; creí que iba en busca mía, y como contra él no podía hacer armas, preferí huir, porque de otra manera me hubiera hecho víctima inerme de su furor.

—No, Guillén, mi padre venía con algunos hombres armados, pero no te buscaban a ti, sino a unos bandidos que habían penetrado en mi estancia, y allí mismo se trabó un combate horrible.

—¿Y murió allí el mayor?

—No, mi padre ha sido asesinado de una manera inexplicable; todo había terminado; se separó un momento de los que le acompañaban, y a poco fue encontrado su cadáver.

—Pero eso es muy misterioso…

—Nada pudo averiguar la justicia.

—¡Ha venido aquí la justicia!

—Sí, y ha registrado hasta el último rincón de la casa.

—¿Y qué sucedió con la emparedada?

—Luis cubrió con leña la puerta de la bodega y nada advirtió la justicia.

—Supongo que esa dama habrá muerto.

—No; Luis me ha dicho que ha perdido enteramente el juicio y come y bebe cuanto le dan; cree que está oculta de los asesinos de don José de Mallades, y no tiene confianza sino en Luis, a quien llama su amigo.


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