Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —¿Y nada dice de los papeles que deseaban tener?
—Nada absolutamente, y como está loca casi he perdido la esperanza, y deseos tengo algunas veces de ponerla en libertad.
—¡Qué imprudencia! Esa locura puede ser fingida, y además aun cuando sea verdadera, si por una casualidad recobra el juicio puede muy bien denunciar cuanto ha pasado, y nos pierde.
—Tienes razón, pensaremos más adelante lo que se ha de hacer con ella.
—Entre tanto tú, mi vida, no puedes permanecer asà sola en el mundo…
—Lo conozco Guillén.
—¿Y qué piensas hacer?
—Casarme.
—¿Casarte?
—¿No te habÃa yo dicho que estaba resuelta a ser tu esposa?
—¿Y no te arrepientes, mi bien?
—No, y ahora menos; no hay obstáculo y necesito de tu apoyo.
—Pero tú no sabes aún quién soy yo.
—Es verdad; tú me lo dirás.
—¿Y si al saberlo te arrepientes?