Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Mira Guillén, seas quien seas, y por negra que aparezca tu historia, no temas de ninguna manera que me arrepienta, cuando una vez te he dicho que seré tuya; pero entiendo que en caso de saber algo sombrÃo, prefiero que sea antes, porque si tú me engañaras, no responderÃa yo de mà misma después, y sabes que soy terrible en mis venganzas; vamos a ser ya el uno del otro para siempre; cuéntame tu vida, y yo te referiré la mÃa, secreto por secreto, un velo después sobre lo pasado, y no pensar en lo sucesivo sino en ser felices: ¿admites, Guillén?
—SÃ, Inés, y escucha la verdad: mi historia nada tiene de notable, ni de maravillosa, mi padre era un comerciante que murió dejándome heredero de una gran fortuna; mi madre tardó poco en seguirle al sepulcro. Libre, rico y joven me entregué a los placeres y a la disolución; el juego y las mujeres devoraron mi caudal, y desde entonces vivo de mi industria, es decir, del juego y de las malas amistades; nada tengo que ofrecerte más que mi amor, porque es la primera ocasión de mi vida que he sentido lo que es una pasión. He aquÃ, Inés, dicho en cuatro palabras quien soy, lo que tengo, y lo que valgo. Franqueza quisiste, y con franqueza te he abierto mi pecho.