Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Asà te quiero, Guillén, franco y leal sin ocultarme uno solo de tus pensamientos, y la verdad, te diré, creo que has sido casi un malvado; pero no sé por qué yo también siento por ti un amor inmenso; tu misma vida tormentosa y cuyos pormenores alcanzo a adivinar, me causan cierta ilusión, porque para esa vida necesitas haber tenido un corazón grande: seré tu esposa.
—Gracias, Inés, eres un ángel.
—Y ahora ¿quieres tú saber mi historia?
—No, Inés, no, para mà no tienes pasado, te amo como eres hoy y no me importa saber lo que eras ayer, ángel o demonio, tu pasado te pertenece a ti nada más, y ni una palabra que lo recuerde oirás de mi boca jamás; para mà la dicha que me concedes siendo mÃa, es superior a cuanto hay sobre la tierra y por eso lo olvido todo.
—Bien, seré tuya, deja que pasen estos primeros dÃas del duelo de mi padre, y dispón lo necesario para nuestro matrimonio: comprendo que quizá puede faltarte dinero; pero yo tengo mucho, necesitamos mudar de habitación; esta sombrÃa casa no puede recibir a dos esposos felices, en la primavera de su amor; lejos de aquà viviremos más tranquilos, sin que penosos recuerdos amarguen nuestros dÃas.
—Amor mÃo, todo será como tú lo deseas.