Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Doña Inés se soñaba ya en España del brazo del Señorito, y metida otra vez en todas las intrigas de la corte; reanudando sus relaciones con Carlos II, y realizando lo que tantas veces había pensado: ser la favorita del rey.
Desde aquel punto doña Inés comenzó a hacer público su proyecto de boda con don Guillén, contóselo a Marta, a la cual no le pareció extraño, y cuando Luis entró a darle cuenta de cómo seguía doña Laura, se lo refirió también.
—Señora —díjola Luis— esa mujer come y bebe como si no estuviera en donde está.
—¿Pero nada dice?
—No señora, está enteramente fuera de su juicio; sólo se queja de cansancio, pero cree algunas veces que es porque camina demasiado…
—Bien, síguele llevando el pan y el agua porque creo que debe vivir ya muy poco…
—Dios lo permita porque ya me fastidia, y sólo por respeto a su merced no he tapiado ya enteramente…
—No, déjala… oye, Luis, ¿sabes que voy a casarme?
—Me alegro, su merced necesita un hombre que la defienda y la apoye.
—¿Y no te figuras con quién?
—No señora.
—Con don Guillén de Pereyra.