Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —¡Ave MarÃa, señora!
—¿No te parece bien? Háblame la verdad.
—Señora, es un guapo mozo; pero su merced ignora quién es.
—Lo sé demasiado.
—Entonces, ¿cómo se atreve su merced?
—Mira, habÃale yo correspondido, y ahora negarme a ser su esposa cuando conoce nuestros secretos…
—¡Ay señora! Tanto miedo tiene su merced a que se sepa esto.
—Por supuesto, ve si tengo razón.
—En efecto: su merced hace bien y yo tengo mucho gusto…
—Pues será muy pronto.
—Dios lo haga, señora, Dios lo haga.
Y Luis se retiró pensando:
Pues si por saber secretos como éste la señora le concede su mano, pudiera muy bien suceder que hasta yo… quién sabe… veremos si me atrevo… me quitaré de en medio al don Guillén… y tal vez… ya veremos.