Las dos emparedadas
Las dos emparedadas En la iglesia catedral, en la nave del centro, y frente al altar que se llama del Perdón, esperaba al infante el ilustrísimo señor arzobispo de México, don Francisco de Aguiar y Seijas, y la fuente que debía servir allí era la misma en que había recibido las aguas del bautismo el santo Felipe de Jesús, proto-mártir mexicano.
Llegó hasta allí la comitiva, recibió al infante en sus brazos como su padrino, fray Juan de la Concepción, donado de San Francisco, que había sido traído a México por el virrey.
El arzobispo bautizó al niño, poniéndole por nombre José María Francisco omniam sanctorum: cantáronse sus preces respectivas, y la comitiva volvió a salir a la plaza, en donde como maestro de campo caracoleaba en un soberbio caballo el conde de Santiago, y en medio de la algazara y de los cohetes, y las salvas y los repiques, terminó la ceremonia a la una en punto de la tarde.
Se preparaban para aquella noche unos vistosos fuegos artificiales y un gran baile en palacio.
Alegres como todos, estaban en la parroquia del Sagrario algunos clérigos, hablando sobre lo suntuoso del bautismo y celebrando su pompa que en él se había desplegado, cuando vieron acercarse a un sacerdote que caminaba con la cabeza inclinada y con aire meditabundo.