Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Sonaron los últimos campanillazos y se perdieron las últimas notas del alabado que cantaban los hermanos, y casi en el mismo momento volvieron la algazara y el bullicio, y sonaron las músicas, y se dispusieron a bailar damas y caballeros.
Y la alegría volvió de repente, como un arroyo detenido al cual se quita el obstáculo que contenía el curso de sus aguas.
Nadie habló ya de los sacramentos; tan pronto así se olvidan los anuncios de la muerte ajena.
Sólo el virrey había quedado profundamente preocupado.
FIN DEL LIBRO TERCERO