Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Pues que su Divina Majestad le perdone —dijo don Frutos— y sea servido Dios de llevárselo de esta enfermedad, porque si no, trazas tiene el tal de morir en una horca para escarmiento de impostores.

El virrey podía apenas disimular su emoción; la campanilla del viático que volvía al sagrario se percibía ya más distintamente, y todos los concurrentes al sarao quedaron en el más profundo silencio y se arrodillaron devotamente.

Sin duda en la plaza acontecía lo mismo, porque la multitud había entrado también en silencio.

El lúgubre sonido de aquella campanilla enmudeció todas las voces, e hizo inclinar todas las cabezas.

Era el recuerdo de la miseria humana, el memento-homo en medio de las alegrías de la tierra.

Las voces del placer habían llegado hasta el calabozo del moribundo sin turbar un instante el fervor religioso de los asistentes.

La voz de la religión y el recuerdo del moribundo, habían penetrado en medio del festín y de la alegría, y la alegría y el festín habían cesado como por encanto.

El virrey y don Frutos, arrodillado el uno al lado del otro, murmuraban en voz baja algunas oraciones.


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