Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Fray Ãngelo, arrodillado a los pies de la cama, lloraba como un niño, y todo el mundo estaba allà conmovido.
Reinaba en la fiesta de palacio la mayor animación y la más completa alegrÃa, los brindis se sucedÃan entre aplausos y músicas, y todos deseaban casi un reino para el recién nacido.
El virrey contestaba con afecto, y todos parecÃan haber olvidado completamente a los conspiradores y a los piratas, que en aquellos momentos atacaban las costas de Yucatán.
Don Frutos el oidor y el virrey departÃan alegre y amigablemente en uno de los más animados grupos, cuando de repente en el intervalo de una a otra de las piezas que ejecutaban las músicas, llegó el sonido lejano de una campanilla, y los ecos de un canto religioso.
—¿Qué será esto? —preguntó el virrey.
—Es sin duda —contestó un caballero— la campanilla del viático —todos se inclinaron— y los cantos de los hermanos de nuestro amo.
—¿Pues quién se sacramenta esta noche? —preguntó don Frutos.
—Es extraño que su señorÃa no recuerde —dijo el que habÃa hablado antes—, son los sacramentos del Tapado.
El virrey se puso ligeramente pálido.