Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Por fin, se oyó ruido en el corredor, la puerta del calabozo se abrió y se presentó el cura que iba a administrar el sacramento a don Antonio: detrás de él venían los acólitos, los carceleros y algunos presos con cirios encendidos y con faroles.
Aquel estrecho calabozo se llenó pronto de gente y de luces, y hubo necesidad de dejar abierta la puerta.
Entonces hubo un contraste dolorosísimo: el devoto murmullo del sacerdote y de los concurrentes al calabozo que rezaban en voz baja, era frecuentemente contestado e interrumpido por el confuso vocerío de la plaza y por el ruido de los fuegos artificiales.
Las alegres sonatas de las músicas llegaban hasta el calabozo del moribundo, y muchas veces los cohetes que reventaban en el aire enviaban su claridad, semejante a la de un relámpago hasta bañar las inclinadas cabezas de los asistentes.
Doce castillos de fuego debían quemarse aquella noche, y en palacio cenaban los de la Audiencia y los principales señores de la corte; todo, fuera del calabozo de don Antonio de Benavides, era festejo y alegría, todo era placer.
Don Antonio, moribundo de resultas del bárbaro tormento que le habían dado para obligarle a confesar, respondía al sacerdote con una mansedumbre y una resignación verdaderamente evangélicas.