Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Además de aquel miserable lecho no se veía en el calabozo sino un modesto altar que los otros presos habían compuesto para que se administrara a Benavides el sacramento de la extremaunción.
Una pequeña mesa con un cajón encima que figuraba una grada, cubierto todo esto con lienzos blancos, unas velas de cera y algunas amapolas, éste era el altar.
Pero delante de aquel altar oraba fervorosamente un fraile, era fray Ángelo.
Reinaba en aquel calabozo el silencio más profundo, porque la oración de fray Ángelo agitaba apenas sus labios sin producir un solo murmullo, y la respiración del enfermo era tan débil, que apenas se escuchaba.
Sólo de cuando en cuando el desgraciado marqués de San Vicente lanzaba un tristísimo gemido invocando a Dios. Fray Ángelo volvía el rostro para mirarlo sin interrumpir su oración, el enfermo volvía a callar y el fraile a inclinar la cabeza.
Algunas veces, sin embargo, llegaban hasta allí el rumor de la plaza, el estallido de un cohete o algunas perdidas notas de las músicas; pero aquellos ecos profanos morían allí como avergonzados ante aquella tristísima escena.