Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Aquella multitud formaba una especie de mar más negro que la noche; se advertía en la oscuridad, que a disipar no alcanzaban ni los faroles ni las luminarias, el continuo movimiento de aquellos millares de cabezas, y se levantaba de allí un murmullo sordo y constante.
De cuando en cuando un gran cohete se desprendía de la plaza y subía dejando tras sí una cauda luminosa de rojas chispas, y reventaba arrojando algunas luces de colores.
Entonces aquella multitud lanzaba una especie de exclamación inmensa compuesta de otras mil que se confundían en una sola: la plaza se iluminaba momentáneamente; se veían destacarse sobre un fondo negro los severos contornos de la catedral, y después las luces del cohete se apagaban y la oscuridad volvía más densa como para vengar su pasajera derrota.
Se oían a lo lejos y como al pie de los balcones de palacio los ecos de algunas músicas, y al través de esos mismos balcones se descubrían las bujías de la sala del baile, y se adivinaban casi las sombras de las damas y de los caballeros que habían asistido al sarao.
En uno de los calabozos de la cárcel que estaba en el edificio del mismo palacio, yacía sobre un viejo banco de cama, y en un mal jergón, expiante ya el marqués de San Vicente, don Antonio de Benavides.