Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Entonces doña Inés miró a Luis con asombro, creyó que habÃa perdido el juicio, que estaba loco, y tuvo miedo.
—¿Estás loco? —exclamó por fin doña Inés.
—Loco, loco —repitió Luis, irguiéndose más— ¿loco, porque quiero ser vuestro marido?
Doña Inés notó con espanto que ya Luis no le decÃa «su merced» como antes.
—¿Tú mi marido? ¿Y puedes pensar eso? ¿Tú mi marido?
—SÃ, yo, yo, ¿pues qué diferencia encontráis entre un Guillén de Pereyra y un Luis de Cabrera? Vos sabéis bien, señora, que tanto vale el uno como el otro, y en caso de haber alguna diferencia, la ventaja está de mi lado.
—Luis, ¿y te atreves a decir eso y a pensarlo siquiera?
—No sólo lo pienso, sino que formalmente os propongo que digáis a don Guillén que no vuelva más a esta casa, y que fijéis el dÃa de nuestro matrimonio.
—¡Desgraciado! —contestó doña Inés riéndose—, serÃa capaz de mandarte arrojar a palos de mi casa, si no conociera que tu razón está extraviada.