Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Preciso será engañarle nosotros, escúchame; yo le prometí no decirte nada, así me lo exigió.

—¡Infame!

—Ahora es necesario que yo le haga creer que todo lo ignoras; además, tú debes retirarte por algún tiempo de mi casa, con objeto de que él entienda que es verdad lo que voy a decirle.

—¿Pues qué vas a decirle?

—Que he roto el casamiento que tenía arreglado contigo, que sucumbo, y que seré su mujer.

—Pero es horrible eso de tener que fingir con un lacayo…

—Horrible, pero necesario; en cambio nada alcanzará, pero la venganza será espantosa; ya lo verás Guillén, ya lo verás —y doña Inés se sonreía como saboreando aquella venganza, de una manera que hizo temblar al mismo Señorito.

—Haré, lo que quieras, Inés —dijo don Guillén.

—Ante todas las cosas, no te des por entendido; por el contrario, llama al salir a la muchacha Marta y pregúntale si no sabe por qué causa habré dejado de quererte, y encárgale que haga a Luis la misma pregunta, y no vuelvas hasta que envíe a llamarte: Guillén, de esto depende nuestra salvación y nuestra felicidad; obedéceme y no te pesará.

—Te obedeceré.


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