Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Amenazarte a ti, amor mÃo: ¡Infame! ¿Y con qué te amenazó? Yo le arrancaré la lengua —decÃa furioso el Señorito.
—Me ha amenazado con descubrir a la justicia todo lo que sabe, todo lo que ha visto, y quizá otras cosas que él es muy capaz de inventar.
—¡Malvado, villano! ¡Oh Inés! No temas el dicho de ese miserable; no será creÃdo; se disipará con un soplo y nadie le considerará sino como un vil calumniador.
—No, Guillén, no te alucines; ese hombre dará pruebas a la justicia, sabrá encontrarlas, la justicia es torpe algunas veces, pero es mejor no fiarse en eso.
—¿Pero tanto asà te ha aterrorizado el dicho y la amenaza de ese hombre?
—SÃ, Guillén, no puedo negártelo, estoy preocupada; quizá porque no es la voz de Luis, sino la de mi conciencia la que me acusa; pero tengo miedo y es preciso pensar algo para quitárnosle de nuestro camino.
—¡Le mataré! —dijo sombrÃamente el Señorito.
—No creo que sea tan fácil el que lo consigas, porque él debe haber tomado sus precauciones para impedir cuanto se medite contra su persona, y he llegado a descubrir que es un hombre muy astuto.
—¿Pues entonces?