Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—¿Qué habrá? —pensó Marta— yo lo averiguaré.

Y acercándose cuidadosamente a la puerta se puso a escuchar; pero sólo pudo percibir estas palabras que doña Inés decía a Luis:

—Ha sido para mí un sacrificio inmenso, pero creo que estarás satisfecho…

Lo que Luis contestó y lo demás de su conversación, no lo pudo percibir ya la muchacha; pero aquella conferencia se prolongó por más de dos horas.

Al fin, la puerta se abrió y Luis salió radiante de alegría y tan preocupado, que no miró siquiera a la Apipizca, y pasó a su lado diciendo a media voz.

—Después de esto no puede ya engañarme.

Doña Inés llamó y la Apipizca entró a verla, la dama estaba sumamente preocupada.

Marta la ayudó a desnudarse, y doña Inés sin hablarle una sola palabra se metió en la cama.

—Retírate ya —dijo.

La Apipizca salió; a su turno ella estaba también preocupada; mil ideas a cual más absurdas cruzaban por su cerebro; retiróse a su aposento que estaba al lado del de doña Inés y después de mucho pensar, exclamó:


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