Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Tan poca prudencia hubo en esto, que ya en algunos corrillos se susurraba que una dama principal hacía graves revelaciones a la Audiencia. Y tales voces llegaron a los oídos del virrey.
El virrey estaba seguro de que el Tapado nada había dicho, que por ese lado nada tenía ya que temer; pero su conciencia no estaba enteramente tranquila.
Un pensador profundo ha dicho: Dios perdona siempre, los hombres algunas veces, la conciencia nunca; y por eso el marqués de la Laguna no las tenía, como dice el vulgo, todas consigo: él oyó el cuento de la dama que hacía revelaciones a la Audiencia, y como él tenía ya antecedentes en esto, no vaciló un instante en creer que era verdad, y que la tal dama no era otra que doña Inés de Medina.
Preocupado con esta idea, ocurriósele llamar a don Lope, con quien había tratado ya de estos negocios; hízole venir a su presencia y se encerró con él en su cámara.
Pero no quiso el marqués descubrir luego sus intenciones al joven, sino irse poco a poco indicando.
—He hecho venir a vuestra merced —le dijo— porque los días pasan y estoy inquieto por saber qué ha avanzado en sus pesquisas respecto a la dama robada.