Las dos emparedadas

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III

Cómo don Lope comienza a vislumbrar algo del paradero de doña Laura

El Tapado seguía moribundo en su calabozo; la Audiencia considerándolo ya como una presa segura, había cesado de hostilizarlo, esperando que su Divina Majestad fuera servida de llamarle a sí, o que le diese su completa salud para poder ahorcarle descansadamente y con toda la pompa necesaria, a fin de hacer un ejemplo saludable para todos los que en lo sucesivo pudieran pensar algo contra los reales derechos de su rey y señor.

Sin embargo de esto, don Frutos no dejaba de seguir la pista a la conspiración que tanto le había desvelado, y en la que creía indudablemente encontrar complicado al virrey.

La Audiencia debía gobernar el reino si el virrey faltaba. Don Frutos gobernaba la Audiencia, luego don Frutos sería el verdadero virrey en el caso de que se lograra la caída del marqués de la Laguna.

No dejaba este pensamiento de atormentar al oidor, y era por eso que se fatigaba por descubrir algo.

Doña Inés no había podido revelarle grandes cosas; pero don Frutos confiaba mucho en ella, o al menos así lo aparentaba, para conservar el interés de los demás oidores, suponiéndose ante ellos el hombre más sagaz y más activo de toda la Audiencia.


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